
Cuando alguna vez hemos tenido que pasar por un camino lleno de espinos, llegamos al final cansados y agotados; pero tan pronto como acudimos a los pies de Cristo, nace en nuestro corazón un hermoso deseo de hacer saber a otros cuán gozo hallamos en el Señor Jesús. Esta es una experiencia que se asemeja al dulce aroma del un perfume que no podemos ocultar.
Así es el siguiente testimonio, del hermano Moisés Medina Saucedo, de 75 años de edad y viudo por segunda ocasión; y hasta hace un par de semanas radicaba en la Ciudad de México.
Este varón, tuvo serios problemas dentro de su familia que desencadenaron en un gran problema para el; pues sin importarles lo avanzado de su edad, fue lanzado de su casa a base de ofensas y malos tratos por dos de sus hijos que procreó en su segundo matrimonio.
Su sobrina, al enterarse de lo ocurrido, le brindó hospedaje en su casa, pero como de costumbre, nunca faltan los problemas; la familia de ella no vió con agrado la idea de tener a su tío en casa, quizás por su aspecto físico un poco desaliñado, la lentitud de sus movimientos y su frecuente tos que obviamente resultan por lo avanzado de su edad. Por estas razones, la familia se desentendió de él, y fue echado una vez más a la calle. De ahí en adelante, su casa fue una vieja camioneta estacionada por ahí, y las que por las noches se convertía en su dormitorio; ahí dentro sentía una gran frialdad, que lo obligaba a levantarse muy de mañana y buscar enseguida los calientes rayos del sol. Fué así que entado en la esquina de aquel lugar, pasaba gran parte del día pensativo, con la sóla idea de volver a su casa y ver a la familia reunida; pero no fue así.
Esta rutina de incomodidad y sufrimiento se prolongó por nueve meses, curiosamente lo que tarda un nuevo ser en gestarse.
Sin embargo, pese a las circunstancias que tuvo que afrontar don Moisés, hubo un gran propósito: conocer al verdadero Dios, que hizo el cielo y la Tierra y al hombre.
Para la gloria de Dios, éste hombre nace espiritualmente en ese tiempo, pues la misericordia de Dios logra que através de una hermana de la Iglesia Eben-Ezer se acercara a él para hablarle de las promesas y maravillas que Dios tiene cuando ponemos toda nuestra confianza en Él. Por que sólo así obtendría respuesta a su problema, el poder regresar a casa y dejar de sufrir y pasar penurias.
Se le animó a buscar de Dios y la Iglesia Eben-Ezer oró por él. Tiempo después aceptó la invitación de reunirse a la célula de oración y estudio bíblico que por cierto, tenía poco más de un mes de haberse iniciado.
Plan de salvación y restauración son los primeros temas que se trataron en la primera cita; ahí se habló que Dios restaura nuestro corazón convirtiendonos en nuevas creaturas: ¿De que serviría ganar el mundo si nuestra alma se pierde? En ésta primera clase, don Moisés tuvo la oportunidad de aceptar a Cristo como su Señor y Salvador.
Conforme iba conociendo más de la palabra de Dios, comprendía más el propósito que el Señor tiene a nuestra vida, y despertaba gran interés y motivación que se fundían en un gran gozo dentro de él.
A don Moisés sólo le bastaron un par de días para experimentar el amor de Dios y comprender sus propósitos. Tuvo gran interés por asistir a un culto de día Jueves; ahí escuchó atento la palabra de Dios, y luego se le invitó a pasar al altar de las misericoridas para orar, y de manera humilde y sincera lo hizo profundamente, exponiendo su causa a nuestro Señor Jesucristo. Más adelante, el Sábado por la mañana, un familiar cercando a don Moisés, vino a comunicarle que su hijo Rafael vendría por él en ocho días.
Cabe decir, que Rafael es el hijo mayor de su primer matrimonio, al cual dejó de ver hace cuarenta años y vive actualmente en el estado de Michoacán; lugar donde ahora vive don Moisés.
Tan luego de recibir aquella noticia, derramó sus lágrimas, pues le sobrevino una emoción que le hizo ir en busca de la persona que le había hablado del Evangelio, para contarle lo sucedido; no cabía de gozo por la pronta respuesta de Dios. Sin poder contener el llanto, levantaba sus brazos mirando al cielo y daba gracias alabando el nombre de Dios, decía: ¡Señor Jehová, soy tu ferviente servidor y admirador; ahora sé que Tu existes y que eres real! Confesó que en un principio se reía por lo que le decían: vamos a orar por usted, no se preocupe.
Desde que obtuvo respuesta, sus labios no cesaron de alabar el nombre de Dios; a cualquiera que estuviera a su lado se lo anunciaba. Pues enc uanto tuvo la oportunidad de regresar al templo Eben-Ezer dió público testimonio que aquel lamento previo se convirtió en gozo.
Sin embargo, el tiempo que permaneció fuera de casa, hubo un mejor trato por los de afuera que por los de su misma familia; nunca le falto el alimento, por que Dios cuidó de él.
Ahora, don Moisés requería una Biblia, misma que recibió de manos del pastor de Eben-Ezer, el hermano Leopoldo Hernández. Finalmente, cuando el hermano Moisés supo que en unos días iria al lado de su familia, le preocupó poder hallar un lugar donde congregarse. Su nuevo hogar hasta este momento se encuentra en la carretera federal a Morelia, donde podría haber estado desde mucho antes, pero una razón muy poderosa tuvo para que aquellas circunstancias lo llevaran a los pies de Cristo y al verdadero conocimiento. ¡Aleluya!